Cordemex del Bajío

Empresa mexicana que produce y comercializa productos hechos a base de Henequén, una planta originaria de Yucatán. La empresa tiene una larga historia que se remonta al siglo XIX.

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Historia de Cordemex

El Henequén era utilizado por los indios mayas desde hace siglos para construir sus edificios y templos que son de admiración en el mundo entero.

La invención de la máquina desfibradora en 1869 por un técnico mexicano originario de Yucatán permitió iniciar la exportación de la fibra como materia prima.

En 1978, se reemplazó la máquina engavilladora con alambre, por otra que usaba el hilo de Henequén, lo que aumentó considerablemente la producción de fibra y asimismo, la variedad de productos elaborados con el sisal.

La demanda de productos elaborados con Henequén se incrementó durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, lo que dio origen a la creación de numerosas fábricas.

Fibra de Henquén

El sisal es la fibra obtenida del Henequén, una planta originaria de Yucatán, México. Los indios mayas, siglos antes de la llegada de los colonizadores españoles, la utilizaban como parte integral de sus actividades. Sin ella no hubiera sido posible la construcción de los templos y edificios que son admiración del mundo entero.

En 1869, un técnico mexicano originario de Yucatán inventó una máquina desfibradora que permitió la exportación del Henequén como materia prima. En 1878, se sustituyó la máquina engavilladora con alambre por otra que utilizaba el hilo del sisal, lo que representó una gran ventaja. Desde entonces, la industrialización de la materia prima del sisal en Yucatán no ha parado de crecer.

Leyenda del Henequén

Cuenta la leyenda maya que el Dios Zamná caminaba por un plantío de Henequén y fue herido por las espinas de una hoja. Inmediatamente, se dio cuenta de que de esta salían unas fibras muy resistentes, las cuales serían de gran utilidad para su pueblo.

La fibra de Henequén es altamente resistente y duradera, lo que la hace ideal para la producción de productos de alta calidad

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La leyenda del Henequén

Donde hoy se levanta la ciudad de Izamal, arribó, hace muchos años, un grupo de peregrinos conocidos como los Itzáes.

Habían navegado y caminado mucho para llegar hasta allí, pero tenían paz en su corazón, porque los guiaba un sacerdote bondadoso y sabio conocido como Zamná, al cual la Reina del continente Atlante le había confiado.

Zamná,” le dijo, “tú eres el sacerdote más sabio y bondadoso de mi reino, por eso te he elegido: debes saber que mis astrónomos han leído en el cielo que nuestra tierra desaparecerá en la próxima luna. Quiero que escojas un grupo de familias de mi reino, y tres de los Chilames más sabios, para que lleven los escritos que cuentan la historia de nuestro pueblo, y escriban lo que sucederá en el futuro. Llegarás a un lugar que te señalaré y fundarás una ciudad. Debajo de su templo mayor, guardarás los escritos y los que se escribirán en el futuro, para conservar la historia del país Atlante”.

Y terminando con su vaticinio, señaló: “En nueve canoas, saldrás con los escogidos hacia el poniente. Después de nueve días, hallarás una tierra sin ríos ni montañas y entrarás en ella. Cuando encuentres agua, fundarás la ciudad que te he ordenado”.

Zamná llegó a esa tierra sin ríos ni montañas; era la tierra señalada por la Reina, pero no encontraba el agua que ahora necesitaba.

De pronto las nubes se oscurecieron y cayó una lluvia interminable, que fue festejada por los peregrinos, quienes danzaban alegres por el agua que les cayó. Zamná salió a buscar donde guardar el agua que caía, y al acercarse a una planta, una espina se le clavó en el muslo, ocasionándole una punzada.

La pierna de Zamná comenzó a sangrar. Para castigar a la planta, los Itzáes le cortaron las hojas, y las azotaron contra las lajas (piedras grandes, lizas y planas) que abundaban en esa tierra. Inmediatamente, Zamná se dio cuenta de que de las hojas azotadas salían unas fibras muy resistentes, las cuales serían de gran utilidad a su pueblo.

La lluvia no cesaba, y el agua que caía se deslizaba con rapidez, como atraída hacia un lugar. Zamná siguió el curso del agua, hasta llegar a una oquedad donde se precipitaba. Era el sitio señalado por la Reina.

Allí Zamná, el sabio bondadoso, uniendo la lluvia, el poder del cielo, del Henequén y de los hombres, fundó la gran Izamal en una fecha que se pierde en la noche de los tiempos.